Imagínese el horror de la sinceridad, la catástrofe que ocasiona un "che" efusivo. De un insulto ni hablar, por supuesto. Uno se detiene. Lo mira fijamente a través del cristal de nuestro adiestramiento. La persona se calla, avergonzada, y no vuelve a cometer ese error nunca más. Salvo casos específicos. Esos son los que yo sigo, al acecho. Busco las almas perdidas, demasiado amantes de su propio código de conducta. Demasiado humanas.
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